Irracionalidad Invasiva

En el colegio me enseñaron que el hombre es un animal racional, además de eso es social y todas las demás características que más adelante vamos constatando mientras vivimos. Pero la cualidad más importante, esa que nos separa de los animales de la tierra es justamente la racionalidad, poder diferenciar lo bueno de lo malo, poder saber cuanto es dos más dos y por supuesto saber que aunque nuestro cuerpo diga lo que diga hay normas que respetar y no todo está permitido.

Obviamente, según avanza el mundo se puede apreciar como la racionalidad cada día se nos va un poquito más al carajo. Ayer me contaba una amiga como mientras caminaba por la entrada de su universidad un tipo que pasaba cerca así desentendidamente le agarró el trasero y siguió caminando como si nada, otra en cambio corrió con peor suerte y el manoseo se dio por delante de la misma manera.

El otro día estaba en una vulcanizadora y un tipo no me quitaba los ojos de encima, salí de ahí y desde una camioneta cinco hombres se desesperaban gritando - ¡Mamita, estás rica! Pero buscaban con tanto afán mi atención y con palabras y tonos tan vulgares que me sentí de repente tan asqueada al vislumbrar solo por un segundo las ideas que les podían estar pasando por la cabeza.

Y no, no andaba en minifalda, no tenía ningún escote, llevaba un suéter ancho y hasta el cuello. Para todas mis amigas salir a la calle y coger bus es un martirio chino al cual han debido acostumbrarse; con el tiempo aprenden a esquivar a los hombres que te tratan de puntear o meter mano.

Algunos hombres en esta ciudad, sino la mayoría, parecen carecer de esa racionalidad humana, se dejan llevar como animales por sus instintos, no razonan, no piensan, no avanzan. Me lastima saber que así como yo he visto y he sentido el acecho de entes masculinos morbosos hay otras mujeres que la han pasado mucho peor y todo a causa de un hombre que simplemente no pudo aguantarse las ganas, y prefirió desahogar sus ganas y arruinarle la vida a otra persona.

No me visto para ti, para incitarte a verme, no camino para que veas ni me acerco para que me toques; no quiero escuchar tus estupideces ni que me recuerdes con palabras todo lo que tu mirada me dice que quieres hacer conmigo. Yo soy dueña de mí, y no tienes permiso para tocarme, no tienes permiso para irrespetarme y no tienes derecho alguno sobre mí.

Yo no sé ni quiero saber porque algunos hombres se comportan como lo hacen, si tienen traumas, si los criaron así, no me interesa. No es posible simplemente que en esta ciudad así como en muchas otras las mujeres tengamos que estar a la constante vigilia y preocupación cada vez que salimos a la calle de que algún ser irracional no pueda comportarse y tragarse sus propias hormonas.

Hombres, cuánto me alegra saber que no son todos tan iguales como a veces parece. Saber que habrá alguien que me proteja al llegar a casa, que conserve su racionalidad y la pierda solo con mi consentimiento. Sé que mi príncipe no es el único príncipe y espero que algún día superen en número o al menos en imposición al grupo de entes masculinos que se dedican a pensar únicamente con eso que guardan entre las dos piernas.